Diferencias sexuales entre la mujer y el hombre

La lucha por la igualdad entre hombres y mujeres todavía no termina. Los avances logrados, especialmente en la sociedad occidental, han sido enormes, pero aún queda mucho camino por recorrer para que, efectivamente, hombres y mujeres tengan las mismas oportunidades en todas las áreas del quehacer humano y se dejen de lado las diferencias sexuales

Los hombres no tienen por qué saber, lo que ni las propias mujeres entienden de sí mismas. La escasa educación sexual existente no toca temas como el placer, el deseo y, lo más importante: la diferencia sustancial entre el hombre y la mujer a la hora del sexo.

Paradójicamente, antes de llegar a la meta, se han empezado a sufrir algunas de las contradicciones que encierran los grandes avances sociales. La palabra igualdad se imprimió con tal fuerza en la lucha de las mujeres que arrasó con cualquier elemento que pudiera interferir en su camino.

Esa distorsión entre igualdad e identidad repercutió sobre todo en las mujeres que, en el intento por aniquilar las desigualdades, fueron borrando aquello que les era propio y, sin darse cuenta han tratado de insertarse en el molde masculino creyendo que es el correcto.

Eugenia Weinstein, sicóloga de la Universidad Católica de Chile, en Santiago, y coautora (junto con la periodista chilena Patricia Politzer) de “Mujeres: la sexualidad secreta”, afirma que la mayoría de los problemas sexuales entre las parejas se deben al desconocimiento de las diferencias sustanciales entre los sexos. “Las mujeres partimos una lucha por la igualdad. Esto se exacerbó tanto, que ahora hay que luchar por ser reconocidas en nuestra diferencia, pero con las mismas oportunidades que el hombre”, afirma.

Diferencias sexuales

Más allá del clítoris y el pene: según el libro “Mujeres: la sexualidad secreta” la primera diferencia entre hombres y mujeres es la más obvia e ignorada: la anatómica. Para una buena relación sexual las mujeres deben poner en marcha una mayor cantidad de variables que el hombre.

A ello, se le agrega la complejidad anatómica de una cantidad de variables emocionales y de convivencia que intervienen en la sexualidad femenina con mucho mayor fuerza que en el hombre.

Sea por razones culturales o biológicas, las mujeres tienen más unido el sexo al amor. No cabe duda que para el hombre es más fácil obtener el placer sexual que para la mujer, porque tiene menos exigencias para llegar al éxtasis.

El sexo es más que el coito: para la mayoría de los hombres la visión de un cuerpo desnudo y la caricia de sus genitales constituyen un potente estimulante que les produce excitación casi inmediata. A la mujer, en cambio, esta rutina le resulta habitualmente ineficaz.

Habituado a sus propias reacciones, al hombre le cuesta asumir esta diferencia y, una vez que descubre una zona sensible, tiende a recurrir a ésta. Sin embargo, la satisfacción de la mujer no reside en un pequeño conjunto de terminales nerviosos instalados en algún lugar específico de su cuerpo.

No se trata de que a la mujer no le guste ser tocada en esa zona, sino que el rechazo sobreviene cuando ese contacto está sustituyendo otras caricias, otras expresiones de afecto y otras formas de comunicación que para las mujeres son intransables. La mujer requiere sentirse buscada, necesitada y deseada por su pareja. ¡Estos son enormes afrodisíacos para ella! Son llamadas, mensajes, miradas, un beso repentino, un tomarse de la mano o un regalo. Estos cariños tendrán una influencia enorme cuando se encuentren en la cama.

Orgasmo como fin: aunque la reivindicación del orgasmo femenino es una de las grandes victorias del último siglo, es indispensable entender que la valoración que la mujer tiene de éste no es la misma que tiene el hombre.

Durante un encuentro sexual la mujer está mucho más preocupada del encuentro emocional que del producto final. De hecho, la experiencia clínica indica que la mayoría de las mujeres no llega al orgasmo todas las veces que hace el amor.

Esto no quiere decir no les interese, pero ese goce final está íntimamente ligado a todo el proceso vivido para llegar a él.

Desahogo versus tensión: tal como lo expuso John Gray en su libro “Martes y Venus en la alcoba”, así como el placer masculino radica en el desahogo de la tensión sexual, el placer femenino se sustenta fundamentalmente en la acumulación, lenta y gradual, de tensión sexual.

Este fenómeno es el que hace que- más allá de su voluntad- los hombres tiendan al sexo vertiginoso y las mujeres quieran ir paso a paso y sean- en promedio- mucho más lentas que el hombre.

La mujer trabajadora: a la gran mayoría de las mujeres la competencia y el desafío más que estimularlas tiende a ponerlas nerviosas e inseguras. Y éste es el clima en que la mujer del tercer milenio se desenvuelve día tras día.

De vuelta al hogar, la mujer debe despojarse de ese traje masculino y guerrero con el que se vistió en la mañana y colocarse nuevamente su lado femenino, tierno y acogedor. Ese tránsito diario entre uno y otro rol, es una fuente de gran tensión.

Para recuperar la armonía, la mujer necesita volver a centrarse en su lado femenino, para lo que requiere de la ayuda de su pareja. En esos momentos, un halago, un cariño, un gesto mínimo que reafirme su valor como persona y como compañera pueden hacer milagros.

Lograr armonía

Una condición indispensable para el buen sexo es la existencia de una relación poco ansiosa, en la que ambos se sientan relajados, libres y aceptados.

Es indispensable conocerse mutuamente, comunicándole a la pareja qué gusta más y qué no, porque lo que parece obvio para uno puede no serlo para el otro.

No hay que temer a las transacciones, éstas no siempre se traducen en la postergación de uno en beneficio del otro, sino pueden transformarse en variedad e imaginación para la relación.

Enviado por Analí Gomez.

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