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Temor infantil

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Para hablar con la verdad, los psicólogos no se han puesto de acuerdo sobre si considerar como temores a ciertas reacciones infantiles aparentemente inconscientes o involuntarias. Por ejemplo, ya desde que nace, el bebé se sobresalta ante un ruido súbito, rechaza el dolor, y llora por las más distintas razones. Es posible que estos actos reflejos se conviertan en temores conscientes cuando el bebé se va desarrollando mentalmente.

Hacia el noveno o décimo mes de su vida, tu bebé comienza a tener consciencia de sí como individuo desligado de ti, y empieza a sentir lo que ya puede definirse como temores. En cada etapa de la infancia van apareciendo y desapareciendo ciertos temores que son comunes a casi todos los niños, pero que pueden afectarlos más si los pequeños son muy impresionables y sensibles, o si ustedes como papás no los manejan bien.

¿Sabías que…?
Es negativo asustar a los niños con monstruos como “el coco”, o amenazarlos con que algún malvado vendrá a llevárselos si se portan mal. Ellos no identifican todavía la delgada línea que divide a la fantasía de la realidad, y se lo toman muy en serio.

Por ejemplo, antes del año de edad suelen sentir temor de los extraños, y un poco después les acomete el temor de perder a mamá; muchos niños no soportan ni siquiera perder de vista a su madre aunque sea por unos pocos minutos.

Durante el segundo y tercer año de vida, los temores más comunes son hacia los doctores (fomentado, en muchos casos por la mamá, quien los amenaza con “llamar al doctor para que te inyecte” cuando los niños se portan mal), hacia los ruidos repentinos como los truenos y los cohetes, hacia la obscuridad, hacia los animales y hacia los monstruos.

Los temores en los niños suelen ser fuertes debido a que ellos no controlan su imaginación, que suele ser bastante vívida. Esto es especialmente cierto en niños que tienen entre 3 y 4 años, ya que conforme va aumentando su imaginación, aumenta también su capacidad para suponer la existencia de seres, objetos o sucesos espantosos, que pueden asediarlos en sus fantasías.

Además, puede asustarlos la idea de sufrir algún daño físico, y suelen exagerar el dolor que algunas veces han sentido al caerse o al golpearse.

¿Son sanos los temores en los niños?

En su manifestación básica, el temor es en realidad un mecanismo de supervivencia: huyes o le temes a algo que es peligroso para ti. En este sentido, suelen ser saludables, por ejemplo, cuando no te asomas de un sitio alto por temor a caerte, o no cruzas una calle de mucho tránsito porque temes que te atropellen, o no agarras un escorpión porque sabes que te puede picar.

Lo difícil aquí es enseñar al niño qué temores son válidos y cuáles son inútiles y hasta incapacitantes. Está bien que le tema al fuego, pero no que le tema a la obscuridad, ni que te despierte en medio de la noche porque cree que hay un monstruo bajo su cama. Es este tipo de temores los que debes manejar.

La forma más sencilla y efectiva de hacerlo es enfrentar al niño con ese temor, para que vea que no le pasa nada. Por ejemplo, nada horrible le sucederá si se duerme con la luz apagada, ir a ver al doctor no suele ser una experiencia dolorosa, y puede asomarse bajo su cama, porque ningún ser amenazador lo está acechando ahí.

Lo importante es no restarle importancia a los temores de tu hijo o de tu hija. Para él o para ella son estresantes, y está en ti darles la importancia suficiente como para ayudarle a vencerlos.

Por fortuna, los temores infantiles suelen ser superados o, por lo menos, reducidos a un plano de racionalidad que ya no los hace tan terribles, pero si persisten por mucho tiempo, o si realmente aterrorizan a tu hijo o a tu hija, es hora de consultar con un psicólogo infantil.

Enviado por Juan Carlos Mory

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