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Depresión infantil

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A Catalina se le murió su tortuga hace dos días y a sus seis años, en medio de un llanto desconsolado, dice que quisiera tener la misma suerte que su mascota porque sin ella no podrá vivir. Su madre se preocupa por la actitud de la niña y decide pedirle apoyo a la profesora pues encuentra a su hija muy deprimida. En ese momento, la niña no tiene control sobre la situación que la hace sentir infeliz y esto la lleva a pensar que nunca podrá superar ese dolor.

Existen múltiples causas para estar deprimido sin estar enfermo. Cambio de ambiente social (vecindario, colegio, ciudad), divorcio de los padres, nacimiento de un hermano o exceso de estrés por situaciones de inseguridad o carga escolar, son algunos factores externos que pueden llevar al niño a un estado depresivo “situacional” que no debe durar mucho tiempo, conociendo la capacidad que tienen los niños para acomodarse rápidamente a situaciones nuevas.

Aunque se habla de depresión cuando una persona se siente triste sin motivo aparente, clínicamente hablando, el término “depresión” se refiere a algo que poco tiene que ver con estados de ánimo pasajeros o circunstanciales.

El diccionario de Psicología define la palabra depresión como una “reacción excesiva de tristeza, de abatimiento, de falta de interés a causa de acontecimientos que, objetivamente, no justifican una reacción tan intensa”.

El pediatra, neurólogo y psiquiatra español Paulino Castells, en el libro “Guía práctica de la salud y psicología del niño”, hace una clara distinción entre la enfermedad depresiva propiamente dicha y la depresión como síntoma aislado. “La primera es una enfermedad mental seria, que puede manifestarse de forma aguda o crónica y que a menudo constituye una urgencia psiquiátrica porque tiende al suicidio. La segunda es una situación emocional que tiene una razón de ser concreta, reaccionar a un determinado acontecimiento: enfermedad, duelo familiar, fracaso escolar, etc”.

Todos estamos expuestos a la depresión sin ser los niños la excepción. Según lo cita Castells, la depresión en los niños es mucho mas frecuente de lo que se cree. “Aproximadamente el 2 ó 3 por ciento de todos los niños con un comportamiento alterado presentan depresiones de grado medio a severo y otro 6 a 8 por ciento de carácter leve, siendo la incidencia de la enfermedad más frecuente en el sexo femenino”.

Sidney tiene 8 años de edad. Sus padres, maestros y amigos se quejan del llanto casi permanente de la niña por causas que no lo justifican. La consulta profesional le diagnosticó enfermedad depresiva y su madre pasó a sentirse culpable, pues ella había corrido con la misma suerte cuando era adolescente. Su padre piensa que con el llanto, su hija sólo busca llamar la atención de otros y se niega a aceptar que se trata de una enfermedad.

El denominador común de la enfermedad depresiva es la tristeza. Un niño verdaderamente deprimido, muestra una actitud triste, negativa, pesimista. Su autoestima es muy baja. Es común escucharle decir cosas como “Todo lo que hago está mal”, “Yo no sirvo para nada” o “Nadie me quiere” aunque nada de esto sea cierto. Es como si estuvieran bravos con ellos mismos y con el mundo que los rodea. Conductas como éstas son una voz de alerta para que los padres vean que algo no está funcionando bien con su hijo.

La pediatra Laura Walther, en su libro “The portable pediatrician’s guide to kids” dice haber presenciado en su consulta casos de niños que, además de la evidente apariencia depresiva, presentan problemas de concentración, trastornos con el apetito y con el sueño (mucho o poco), se comen las uñas, en ocasiones con dificultades de control de esfínteres (enuresis). Según ella, si toda esta sintomatología se prolonga por más de dos semanas, es urgente buscar ayuda, primero con un pediatra que descarte alguna causa médica y luego donde un psicólogo o psiquiatra infantil, quien seguramente hará un trabajo conjunto con la familia.

Pero no siempre las conductas del niño son tan obvias. Casos de niños se han visto diagnosticados con “depresión clínica o primaria” cuyas manifestaciones son completamente diferentes a las ya mencionadas. El niño se muestra hiperactivo, indisciplinado, inmanejable. En lugar de mostrarse como víctima incomprendida y no amada, se comporta indiferente, como si usted -como padre o maestro- no existiera ni le importara. Busca continuamente el castigo, logrando casi siempre que el adulto termine reforzando su comportamiento y por ende, su depresión. No se cuida a sí mismo asumiendo riesgos físicos que pueden lastimarlo. No quiere cuidarse; no se siente merecedor de cuidado.

Detrás de este cuadro clínico no hay un niño “malo, necio o simplemente hiperactivo”. No es más que un ser con problemas emocionales, que aunque demuestre lo contrario, está clamando ayuda.

No se sabe a ciencia cierta por qué algunas personas tienen más tendencia a deprimirse que otras. La vulnerabilidad a la depresión puede responder a cambios bioquímicos, o ser consecuencia de alguna situación traumática durante la niñez, como por ejemplo haber perdido a los padres a muy temprana edad; o niños que crecieron en un medio ausente de amor y protección. Sobre esto aún se está investigando.

En casos serios de depresión, el niño no puede ayudarse solo pues él no es consciente de lo que le está pasando. Son sus padres y maestros quienes lo antes posible deben detectar el problema para poder así emitir un diagnóstico a tiempo y ofrecer el tratamiento más adecuado. Un niño sano es un niño feliz.

ELISA MARIA DOMINGUEZ

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